Aunque muchos no lo adviertan, es decir, no sean plenamente conscientes, la sociedad global actual, está experimentando cambios en los sistemas políticos nacionales, y lamentable como es [desde una perspectiva moral y democrática], existe una tendencia marcada en muchos países hacia regímenes de autoritarismo.

Como contraparte, las democracias liberales van cediendo ‘terreno’ ante esta embestida que puede ser sutil y progresiva en casos, y disruptivas o repentinas en otros. Esta caracterización está más bien vinculada a la peculiaridad del líder ocasional que promueve el cambio, o, al acentuado debilitamiento del régimen tradicional, lo que acelera el proceso.
En una era marcada por la incertidumbre radical, ciertamente la gobernanza democrática del mundo enfrenta desafíos de magnitud y alcance. La representación, los derechos, el estado de derecho y la participación —los cuatro pilares de la democracia— se encuentran bajo presión, con descensos globales sin precedentes en la independencia judicial, la libertad de prensa y la integridad electoral.
Ni siquiera las democracias con un buen desempeño son inmunes, ya que los cambiantes panoramas políticos y el debilitamiento de las instituciones ponen en entredicho las ideas preconcebidas sobre la resiliencia democrática.

Para complejizar la situación, se debe considerar un elemento analítico novedoso, pero de profunda implicación en los sistemas democráticos y sus instituciones, como es la migración global. Un creciente fenómeno que afecta principalmente naciones desarrolladas del hemisferio Norte, cuya masividad actual no tiene precedentes [el 4% de la población mundial vive fuera de su país de origen].
Las sociedades de democracias resilientes son inclusivas respeto de ciudadanos extranjeros, pero se plantean interrogantes complejos para adecuar sus sistemas políticos (o sus límites), a la eventual participación de los habitantes no nacionales. Suelen emerger tensiones sociales en el país receptor, que pueden derivar en demandas políticas.
Por otra parte, también se plantea la cuestión de la participación eleccionaria de las comunidades de la diáspora en sus países de origen – si estos son democráticos, por supuesto –, para lo cual han de adecuar los marcos normativos y considerar la opinión y prioridades de los residentes [no migrantes]. Una concepción transnacional de pertenencia fomenta el compromiso y la confianza en la democracia.

A modo de «glosario»
Antes de introducirnos directamente a datos y consideraciones, establezcamos conceptualmente nociones de cada sistema político y las diferencias fundamentales. Anticipando, asimismo, que existen lo que llamaremos «regímenes híbridos», o gobiernos que mezclan ambos modelos; como la “democracia autoritaria” o “autoritarismo competitivo”, los cuales mantienen elecciones formales, pero erosionan el estado de derecho y restringen las libertades civiles.
Veamos en forma harto esquemática y teórica, las diferencias estructurales de los conceptos dicotómicos:
• En cuanto al Poder, mientras la democracia tiene elecciones transparentes y alternancia; el autoritarismo carece de competencia y centraliza las decisiones en un líder o élite.
• Respecto a las Instituciones, la democracia divide los poderes del Estado; el autoritarismo elimina los contrapesos y somete a la justicia y al parlamento.
• En lo concerniente a la Sociedad, la democracia protege los derechos humanos y el pluralismo; el autoritarismo aplica censura, limita libertades y persigue a la oposición.
En este artículo, lo que pretendemos destacar como núcleo del problema, es la creciente erosión de la democracia liberal [no la distinción simplista entre democracias y dictaduras], que habilita el acceso al poder de todo tipo de autoritarismos.

Para tomar real dimensión del fenómeno, usamos como fuentes cuantitativas y descriptivas, los siguientes documentos: el informe «Variedades de la Democracia (V-Dem) 2026», publicado el pasado marzo por el Instituto V-Dem, perteneciente al Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad de Gotemburgo (Suecia); «El Índice de Transformación 2026» [Bertelsmann Stiftung’s Transformation Index 2026] de la Fundación Bertelsmann; y, «El Estado Global de la Democracia 2025» [The Global State of Democracy 2025] de la organización intergubernamental IDEA [International Institute for Democracy and Electoral Assistance].
Los reportes analizan el retroceso progresivo del sistema liberal global: concentración de poder, represión de la prensa y debilitamiento de la separación de poderes, y cuyo corolario principal concurrente de todos los trabajos, atrapó nuestra atención: el nivel de democracia en el mundo ha retrocedido al de 1978.
Los datos son concluyentes (y preocupantes): el 74% de la población mundial vive actualmente en autocracias, y solo alrededor del 7% en democracias liberales. Este declive también se observa en países considerados actores clave en el mundo democrático.
Se trata del deterioro de diversas democracias en lo que respecta a la independencia judicial, la libertad de prensa, el equilibrio de poder dentro del poder ejecutivo, la calidad del debate político, el respeto a las minorías y la autonomía institucional. En otras palabras, si bien la democracia puede persistir a nivel electoral, está perdiendo su esencia republicana.
Tiempos lejanos
El clima intelectual y político de la década de 1990 se caracterizó por la convicción de que la democracia liberal se extendería por todo el mundo. *El fin de la historia*, de Francis Fukuyama o la doctrina de la “expansión democrática” de Bill Clinton, que dio a conocer en su alocución ante la ONU en la apertura de 1997, apostando por la expansión y fortalecimiento de las democracias de mercado al fin de la guerra fría, señalando que, por primera vez, la población de las democracias había superado a la de las dictaduras.
Tres décadas después, este panorama intelectual se ha derrumbado. V-Dem habla de una “tercera ola de autocratización”. Hoy se identifican más autocracias que democracias, por lo que estamos presenciando un cambio histórico (reversión). Gran parte del progreso alcanzado desde la tercera ola de democratización, que comenzó en 1974 [promedio mundial], prácticamente se ha perdido.
Un cambio para “mal”
Si no solo se incrementa la cantidad de países afectados por rasgos de autoritarismo, sino que tenemos a Estados Unidos en el centro del problema, ya que su declive democrático en la administración Trump implica un retroceso considerable en su desarrollo civil, podríamos situarlo en la década del ’60, en los debates por los derechos de minorías. Este contexto confiere una considerable importancia simbólica y geopolítica a la diseminada declinación actual. Cuando un hegemón se embarca en el camino de la autocratización, la idea de una democracia liberal global como horizonte compartido comienza a desmoronarse.

Si el deterioro también se verifica en países grandes como India o Indonesia, dados los PIB y sus poblaciones, desbalancea la democratización que algunas naciones pequeñas puedan estar experimentando [África subsahariana] en el tablero global. Los regímenes autoritarios no solo están expandiendo, sino también consolidando su poder. Los Estados liberales y democráticos ya son minoría. Esa es la magnitud del “deterioro”.
En términos concretos, qué es lo que observamos en un país para caracterizarlo en un sistema político u otro: como aspecto importante ha de verificarse si se respetan los derechos de libertad de expresión, de asociación, a elecciones transparentes y al debate público, si existe presión o censura estatal en los medios (táctica común de autócratas), y si las manifestaciones en el espacio público de la sociedad civil son reprimidas. El abuso policial y/o denuncias de torturas frecuentes como represión política, son indicadores indubitables de autoritarismo establecido.
El declive (¿o desmantelamiento?) a nivel mundial
Si nos remitimos a la conclusión del Informe sobre la Democracia 2026 del Instituto V-Dem, gran parte del progreso democrático alcanzado durante la «tercera ola de democratización» global —que comenzó con la Revolución de los Claveles y puso fin a 48 años de dictadura en Portugal— se ha esfumado en las últimas décadas.

Como anticipamos, el retroceso más impactante es del país considerado desde antiguo como el referente del liberalismo mundial, Estados Unidos, perdiendo su estatus de «democracia liberal» para ser considerada ahora como «democracia electoral».
Según la metodología del estudio, una democracia liberal abarca no solo elecciones libres y justas, sino también controles judiciales y legislativos sobre el poder ejecutivo, así como el pleno respeto al estado de derecho y las libertades civiles. La pérdida de algunas características liberales (léase como desmantelamiento de la democracia norteamericana), es atribuida a la rápida y agresiva concentración de poder —sin precedentes— en manos del presidente Trump en su segundo mandato. La «separación de poderes», a la luz de la incapacidad del Congreso para contrarrestar la influencia presidencial, no parece estar funcionando.
Por otra parte, 4 de los 5 países más poblados del mundo (India, China, Indonesia y Pakistán) presentan una marcada tendencia hacia la autocratización.
Origen de la Pendiente democrática
Con una mirada geopolítica podríamos decir que la regresión democrática que se verifica en tantos países (y en expansión), no se debe a una sola causa, sino a una combinación de estrategias deliberadas y debilidades estructurales. Estas debilidades como ya señalamos, incluyen la concentración de poder en manos del poder ejecutivo —a menudo acompañada de un poder legislativo débil—, el ataque sistemático a la libertad de expresión (mediante la censura, el acoso y la autocensura) y la represión a las manifestaciones de la sociedad civil.
A esto, se suma el debilitamiento de los controles y equilibrios institucionales, especialmente dentro del poder judicial, y las repercusiones globales de la deriva autoritaria de las grandes potencias.

Al mismo tiempo, presenciamos un preocupante resurgimiento de los golpes de Estado (principalmente en África y Asia), y un uso cada vez mayor de la represión física y la tortura como herramientas de control político.
Desde una perspectiva de política local o sociopolítica, la democracia se debilita principalmente por la desigualdad económica, la corrupción, la polarización política y la desinformación. Todos factores trascendentes en la cultura de las comunidades modernas, que erosionan la confianza social en las instituciones, y allanan caminos a nuevos líderes o «salvadores providenciales».

Cuando los sistemas no logran garantizar servicios básicos (salud, educación, seguridad) o existe una brecha de riqueza insostenible, la ciudadanía pierde la fe en el sistema. La percepción de que la democracia solo beneficia a las élites genera un caldo de cultivo para el descontento.
Por otro lado, las divisiones ideológicas extremas fracturan el tejido social, fomentando la intolerancia. Los líderes populistas suelen explotar esto, presentándose como los únicos representantes del “pueblo” y deslegitimando a la oposición, la prensa y las leyes.
La proliferación de noticias falsas y la burbuja de algoritmos en las redes sociales polarizan aún más a la opinión pública, dificultando el debate racional. A esto se suma la precarización (o “ensobramiento”) del periodismo, vital para la rendición de cuentas, pero fútil cuando oculta realidades y disimula la corrupción. Se conoce como desinformación y crisis de medios.
Dar la democracia por sentada lleva a la apatía. La baja participación electoral y el desinterés ciudadano por los asuntos públicos, permiten que minorías o corrientes radicalizados tomen el control de la agenda política. Si a ello le sumamos las instituciones erosionadas que ya aludimos, la alternancia democrática y el estado de derecho se ven limitados. Un claro riesgo por la Indiferencia Cívica.
La tendencia se extiende (¿vuelve?) a la vieja Europa
Ciertamente, la propensión a la autocratización, no se limita a Estados Unidos en el “primer mundo”, el fenómeno ya afecta a varios países de la Unión Europea y al Reino Unido. Italia y otros miembros menores de la comunidad, ya presentan Estados descriptos como autocráticos. Dato alarmante, toda vez que afecta a democracias tradicionalmente consideradas estables. Los movimientos nacionalistas y antiliberales están superando a los mecanismos internos de defensa institucional erosionando las normas democráticas, de los otrora «bastiones».
Volviendo al mundo, es innegable la tendencia fundamental que indica un declive constante en la calidad y el número de democracias; las autocracias no solo se han multiplicado, sino que también se han vuelto más represivas, de hecho, las autocracias cerradas —aquellas que no permiten ni elecciones multipartidistas ni libertades fundamentales— se han casi duplicado en la última década, mientras disminuyen las formas de gobierno más progresistas (democracias liberales) a un 7%.

En comparación, en 2005, el 17% de la humanidad vivía en una democracia liberal. Esto representa un descenso drástico en tan solo dos décadas. Actualmente, las democracias liberales se concentran casi exclusivamente en el norte de Europa y, en menor medida, en otras regiones como Corea del Sur, Seychelles y Uruguay.
Este declive de las democracias liberales sugiere que la separación de poderes y el estado de derecho son algunos de los primeros mecanismos que se ven comprometidos cuando líderes con tendencias autoritarias acceden al poder mediante elecciones.
Y por la región, ¿cómo andamos?
América Latina se caracteriza por su fragmentación: países democráticos contrastan marcadamente con estados autoritarios. Desde su apogeo democrático a principios de la década de 2000, ha experimentado una pendiente constante. Aunque se ven mejoras en algunos países (Brasil, por caso), la recuperación se interrumpe por el deterioro reciente en otros países (Argentina y Perú).

El acoso mediático, la deslegitimación de la oposición, el debilitamiento de los controles y equilibrios, y un presidencialismo exacerbado se encuentran entre las prácticas iliberales identificadas en otros. La región atraviesa un período de significativa inestabilidad política y desarrollo desigual. De ser una zona de expansión o consolidación democrática, se ha convertido en una región de gran inestabilidad, dependiente de gobiernos sucesivos.
Muy pocos viven en democracias liberales (como la uruguaya o costarricense), mientras un grueso de latinoamericanos lo hacen en democracias electorales y casi el 29% bajo diversas formas de autocracia o en zonas grises autoritarias.
Decadencia sigilosa
Siendo nuestra cuestión central la vigencia de la democracia, es claro que el problema ya no son los golpes de Estado de los ’60 y ’70, sino un declive mucho más sutil y difícil de detectar (diagnosticar). Cuando los gobiernos electos erosionan la separación de poderes, sofocan el debate público, fustigan a los medios de comunicación y a la oposición, despojan a la democracia de su esencia; sin abolir las elecciones pero debilitando sus instituciones.
Este declive democrático está vinculado a una crisis preexistente de representación política. Esta crisis tiene dos vertientes: la actual insatisfacción con la élite gobernante y el terreno fértil para líderes que prometen eficiencia y autenticidad a cualquier precio.

Captura del Poder Judicial: Una deriva autocrática en América Latina
La erosión de la democracia comienza con ataques retóricos y continúa con reformas que, disfrazadas de tecnicismos, en realidad concentran el poder. En los albores de la transición democrática desde las dictaduras, hubo una discreta pero significativa revolución judicial en la región, que, en honor a la verdad, se irradió desde el cono sur al resto del subcontinente. Fue una transformación y el fortalecimiento del poder judicial al independizarlo del poder político. Se convirtieron en un espacio crucial para la defensa de la democracia y los derechos humanos.
Pero, en Iberoamérica, donde los liderazgos fuertes son aún la norma, muchos presidentes no toleran que sus decisiones sean cuestionadas o declaradas inconstitucionales, por lo que al tiempo de aquella “epopeya” se inició un ‘contra-ciclo’, con ataques contra el poder judicial empleando retóricas populistas, desafiando su legitimidad democrática, y, limitando su control sobre el poder político mediante reformas introducidas (composición de tribunales, nombramientos de adictos, etc.). Cuando el poder no reconoce límites, cuidándose de su credibilidad democrática [solo aparente] despliega básicamente dos estrategias alternativas: erosión y/o cooptación de magistrados.

La tentación de subordinar al Poder Judicial al criterio del Ejecutivo siempre existe, por lo que el despliegue de medidas para condicionarlo nunca cesa, pero existe la posibilidad de la resiliencia judicial, como el ejemplo de Brasil lo demuestra claramente.
Claro que la magistratura debe observar una conduta ejemplar, de modo de ser refractarios a todo ataque de desprestigio que sufran desde el oficialismo o de voces asociadas al poder real. La sociedad civil debe contribuir a sostener un poder judicial independiente y eficaz (si lo es), para el bien de la democracia.
Como dijimos al iniciar este acápite, a pesar de las variaciones regionales, la tendencia global de retroceso democrático se manifiesta con diversa intensidad, pero es una realidad en expansión. El pluralismo mediático y la garantía de los derechos civiles suelen ser deficitarios en muchos países, pese a ello, la mayoría vive aún en democracia como dijimos ut supra, lo que demuestra una notable resiliencia frente a la ola de autocracia que azota otras partes del mundo.

Por todo ello, la situación en la región hasta el 2025, no ha alcanzado un nivel crítico, pero que demanda atención de las fuerzas democráticas para sostenerlo y evitar seguir profundizando el declive. Países como México y Argentina, que proyectan considerable influencia económica, cultural y política a sus vecinos, son motivo de preocupación especial cuando se verifican tendencias hacia la autocracia.
El riesgo en Perú —con el inminente cambio de gobierno a manos de Keiko Fujimori—, es deslizarse hacia la autocratización, tan rápido como aconteció en El Salvador con el gobierno de Nayib Bukele, quien para establecer una autocracia electoral que ejecutó desde 2021, restringió sistemáticamente algunos derechos fundamentales [libertad de expresión, juicio justo, libertad académica].
En síntesis, en el contexto de Latinoamérica se verifican señales alentadoras de resiliencia y preocupantes tendencias autoritarias. Por ahora, la fórmula triunfadora desde la perspectiva democrática y del orden constitucional, parece contener estos tres ingredientes: una judicatura independiente, un digno papel de la oposición, y la movilización social.
Reflexiones finales
La democracia es, al mismo tiempo, muchas cosas: un procedimiento, una cultura y un ideal. La democracia requiere paciencia, sostenimiento y, en ocasiones, reinvención para perdurar.
Se admite como universalmente cierto, que la resiliencia a largo plazo de las instituciones democráticas depende de una reflexión deliberada, inclusiva y periódica, así como de soluciones adaptadas a los problemas y prioridades específicos de cada contexto.
No existe una única respuesta correcta ante las decisiones políticas cruciales en las sociedades complejas, por tanto, las soluciones satisfactorias (aceptables) a las tensiones o dilemas, dependen del mejor enfoque consensuado en cada contingencia.
La ciudadanía de todos los países – especialmente aquella bajo regímenes autocráticos – debe ser conscientes que el gobierno autocrático rara vez se traduce en una mejor gobernanza (más allá de las promesas de campaña del autócrata). Los hallazgos de la ciencia política cuestionan la noción de eficiencia autoritaria, demostrando que las autocracias son más propensas a la corrupción y menos capaces de formular políticas efectivas basadas en el consenso que las democracias.

Como cierre optimista, debemos señalar que la resistencia social al exceso de poder autoritario, combinada con un liderazgo político orientado a la reforma, puede reabrir caminos hacia la renovación democrática. Los casos de Brasil o Polonia, lo demuestran.
El maestro Giovanni Sartori [eminente politólogo italiano] decía: «lo que la democracia sea no puede separarse de lo que la democracia debiera ser. Una democracia existe sólo mientras sus ideales y valores la crean». Por ello, para sobrevivir, la democracia requiere cumplir con una serie de elementos sin los cuales no sería democracia: ciudadanía activa, bienestar, pluralidad de ideas, igualdad e inclusión.
Nuestra dirigencia política, debería tomar detallada cuenta de tales premisas. El sistema en Argentina está en riesgo crítico, se requiere más acuerdos totalizadores (estratégicos) que tácticas de internismo personalista.
Julio de 2026

